Viajes y emociones
Hay un viejo tema que aparece en muchas discusiones sobre medios: los límites entre la información y la publicidad. No hay que ser especialmente perspicaz para encontrar que en los últimos años muchos medios han relajado cada vez más los controles entre lo informativo y lo publicitario, y hoy podemos encontrar notas donde se nombra sin problemas productos de los anunciantes. Parte de la discusión involucra la relación entre lo público y lo privado; en este caso, si la información es un bien público que debe respetar ciertos estándares de imparcialidad, o es un producto comercial que debe ser rentabilizado por las empresas de acuerdos a sus estrategias, sin tener que rendir cuentas a nadie.
Y esta discusión se ha hecho más relevante en los últimos años, a partir de la estrategia de muchas marcas de “involucrarse emocionalmente” con los consumidores, como plantea Henry Jenkins en Convergence Culture. Convertir a la marca en parte de las “experiencias positivas” de tu vida cotidiana. Algo que no es, para ser justos, demasiado nuevo. La industria discográfica logró en su momento transformarse en parte central de nuestra vida, lugar que ha ido perdiendo frente a la explosión de nuevas alternativas -sólo hay que ver como las “nuevas tribus” jóvenes se estructuran cada vez menos frente a la elección de un género musical, y más en relación a aspectos tecnológicos.

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