Ideal escapadas: Soria

¿Que no tienes vacaciones?, pues nos escapamos contigo de fin de semana. Hoy hablamos de Soria. Te lo explicamos en lunes y tu te montas el viaje para el fin de semana, ¿si?

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Una ruta por Soria
La plaza del Ayuntamiento, donde esta el Palacio de los Doce Linajes, está la antigua Audiencia (con el reloj que da la una, en un poema machadiano) y la iglesia románica de la Mayor, donde Machado casó con la niña Leonor, de 15 años, y los vecinos le gastaron por ello una cencerrada. Pero el alma de Soria está en el río. Hay que cruzar el Puente de Piedra, pasar ante el Fielato (erigido en centro de visitantes para Las Edades) y asomarse al claustro singular de San Juan de Duero, con sus arcos arábigos; también el templo, levantado por los Hospitalarios de San Juan, guarda resabios orientales en los dos templetes que anteceden al presbiterio. Bécquer embuchó esas ruinas en su leyenda El monte de las ánimas, como también las de San Polo (un poco más adelante) en El rayo de luna. Ese paseo de la margen izquierda del Duero era el preferido de Machado. Allí siguen los álamos y chopos de sus versos, el olmo seco, y el Rincón del Poeta (donde Soria le rindió homenaje casi póstumo), antes de llegar al peñasco con la cueva y la ermita de San Saturio: un lugar mágico donde los haya.

Hay que salir por la otra punta de Soria para hacer el trayecto que nos lleve a las subsedes. Es uno de los más cautivadores recorridos que brinda la provincia. Paisajes serenos al principio, que pronto se encrespan de pinares, con iglesias románicas asomadas a la calzada, como Los Llamosos, o más adelante, Andaluz. Allí hay que parar. La hoz del Duero adolescente es tan hermosa como su iglesia, firmada por un tal Ansur Piranus en 1114, y busquen a Rosa Mari para que la abra y enseñe su modesto museo, y sus altares soberbios. Enseguida se llega a Berlanga, cuyas calles porticadas arropan una colegiata monumental, catedralicia, y al fondo se perfila uno de los castillos más altaneros del país, ceñido por un cinturón bajo, interminable, de lienzo de muralla y torres clónicas. Berlanga, además, tiene tres refugios donde hacer parada y fonda fuera de lo corriente.

A poco más de una legua, pasado Casillas, la ermita de San Baudelio es un microcosmos en sombras, amparado por una palmera de esplendor oriental, que arropa por igual, con su yeso polícromo, a los hombres piadosos de Oriente y Occidente; palmera que es pilar de aquella arquitectura interior que conmovió a Gerardo Diego. Esta construcción de los primeros repobladores mozárabes estaba tapizada de pinturas; fueron arrancadas, casi todas, en 1922, y vendidas por 65.000 pesetas a tres museos americanos; luego se canjearon las del Metropolitan de Nueva York por el ábside románico de Fuentidueña (Segovia) y se llevaron al Museo del Prado.

Vale la pena prolongar el desvío hasta Caltojar, por su iglesia románica y su atalaya islámica (abundan esas torres vigía), atravesar la hoz del río Escalote y llegar hasta Rello: un pueblo amurallado, asomado a unas hoces profundas, cuajadas de fósiles. Rello encoge un poco el alma. Conserva muñones del castillo, puertas y planta guerrera, pero está semiabandonado, muchas casas yacen desventradas, y las pocas que han adecentado sus inquilinos, mejor que no lo hubieran hecho. Debemos volver sobre nuestros pasos si queremos llegar a Gormaz. Otro pueblo esquelético, que evoca a un Cid desterrado, con sus tapias de adobe reventadas y sus vigas vencidas. Pero el enclave es orgullo: toda la montaña no es sino zócalo para una fortaleza califal que la corona.

Hay que subir y entrar en el recinto vacío; sólo arriba se aprecian los finos arcos califales, las furias del viento, y tener a la vista, sin exagerar, media provincia. En la ladera se recuesta la ermita de San Martín. Una joya recién bruñida. Porque lo más interesante en ella son las pinturas murales recién restauradas, y que guardan cierto parentesco con las de San Baudelio. Alguna piedra incrustada con caracteres arábigos, un arco de herradura, o las pálidas cotas de los guerreros recuerdan que éste fue un escenario de batallas y romances. Y que todo el ruido del mundo, sin embargo, cabe dentro de un silencio.

Y si buscas casa, ¡ya sabes!

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